La verdad o la vida

abril 26, 2011

Edificio Ayfra

Ilustración de Laura Ferrés

Pariendo con dolor y ganándome el pan con el sudor de mi frente, logré al fin crear aquel paraíso perdido. Aquí me muevo, soy el que logró domesticar al mundo. Los libros de mi historia, mis autobiografías no autorizadas, enseñan a los pequeños a pararse sobre mis hombros gigantes. Mis cualidades fueron alguna vez confundidas con la divinidad, pero no me confundan con ese que alguna vez mezcló conceptos incompatibles y dijo ser “la verdad y la vida”, matando así a ambos, para privarlos de su rebaño. Soy la verdad, soy lo que es.

Construí maquetas de ensayo, tuve innombrables nombres, para qué negar el error en mi vida, si de todos modos ya está amaestrado. Hoy camino en este edén a mi medida, rompí el monopolio divino que pesaba sobre la perfección, les arrebaté esa costilla que alguna vez también esos cobardes me quitaron mientras dormía, y con ella modelé cada objeto que me rodea.

Con mi nueva desnudez, de camisa, pantalón, zapatos y corbata, camino mis suelos pulidos. Con mi nueva piel, saludo a mis pares nudistas y veo devuelta la gentileza. Blancas sonrisas, hacen parte del ceremonial rutinario y sublime del día a día.

¡Yo soy la luz! Eleática, incolora, uniforme, equitativa, fratricida de lo obscuro, antagonista de aquel extinto fuego robado del Olimpo. Empecé por congelar sombras, las convertí en penumbras, hasta que las esfumé totalmente y con ellas, a las imperfecciones.

Trabajo en un banco y soy desde oficinista hasta gerente, en un shopping dueño y guardia, en una farmacia cajero y químico, en un hospital enfermera y doctor, en una flota de guerra conscripto y almirante. Ahora mismo en el piso 3 del edificio Ayfra, juego a funcionario público, y camino a la cafetera por la dosis justa de energía.

Volviendo, tiré el vasito para alcanzar echar a ese perro que estaba por mear en la pata de mi escritorio. “¡Shu, shú!” le dije, que en idioma jaguá significa “¡Fuéra pué carajo!”. Busqué un repasador para limpiar el café derramado, pero por lo visto lo tomé de un solo trago, ya que no había líquido que limpiar en el suelo y estaba sólo el vaso arrugado.

Desde el cubículo de mi compañero, me olfatea el humo que sale de su parrilla tambor, cargada con brochettes chirriantes de carne y grasa. El patriótico asadito me saca una sonrisa y con ella recibo a la ñoño helada, que llega a mis manos. La albirroja jugaba en minutos, con la señal pirateada ya veíamos a Larissa Riquelme en la previa, sonaba AM para dramatizar las imágenes. Por fin llegó el delivery de chipa, la pared que tenía el cartel de “prohibido orinar” fue la más adecuada para improvisar el baño que permitía seguir disfrutando del espectáculo sin interrupciones fisiológicas.

Ganamos porque estábamos frente al Panteón. Sonaban bocinas, se respiraban cantos, el mínimo movimiento significaba chocar hombros con miles más. En el fondo estaba convencido que aquel gordo parado en el banco de la plaza, golpeando su bombo, era el responsable de sostenernos a todos los presentes. El suelo ya no tenía nada que ver, estábamos parados en su ritmo, en el bajo que sostenía esta masa armónica y melódica. Ese gordo era nuestro creador, y nos hacía a imagen y semejanza de la música primitiva que emanaba.

Se hizo de noche y no había sido inventada la electricidad. Nunca me percaté de lo tenebrosa que puede llegar a ser la naturaleza. Los árboles, la luna, esta brisa y la luz de las antorchas, respiran como un jaguareté acechante en las sombras. Toda esta arquitectura post colonial del centro, ahora parece pensada para esta iluminación que da vida a sus piedras y molduras, que respiran y apuran los pasos del más temerario.

Definitivamente, estos ingredientes nocturnos habrán sido los que inspiraron en sus oficios a personajes como Poe, Gaudí y Enrique Clari; este último, responsable del abandonado estudio fotográfico Fratta, que la calle y los tres pisos separan de mi escritorio, y en cuyo umbral me encuentro ahora, sin entender del todo cómo la neblina me trajo hasta aquí.

Bajo el candil del acceso, intercambiando caricias con la secretaria, me encuentro teniendo el mejor sexo que narices y manos jamás tuvieron. Lo que se ve es mucho menor de lo que se siente, pero de esta mezcla se tratan las series de improvisaciones que juego cuando vivo. ¡Yo soy la vida!

Terminamos y vemos al jefe reflejado en el ventanal de su oficina. Con palabras narcóticas cruzo la calle y voy persuadido a pedir un aumento para ella, aprovechando mi buena posición y sus buenas curvas. Sentado ya en el escritorio del jefe, entran el aroma, la bandeja con tacitas y ella, con sonrisa de satisfacción. Cuenta que la máquina de café ya está reparada y que se encargó personalmente de apurar a los técnicos para que el episodio de la mañana, del jefe nervioso arrugando el vasito vacío y pateando la pata de su escritorio, no se repita.

Después del primer sorbo, todo en su lugar: firme, útil y bello. Le pregunto a la secretaria que más quería, pero confusa me cuenta que hablábamos de un aumento. No habría problemas, le dije, siempre que siga trayendo cafecitos tan ricos como el de recién y siempre que todo habitante de  sala de espera del mundo, también reciba de los mismos. Y así es.

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