Paseo por las Ruinas

marzo 13, 2011

Ilustración de Laura Ferrés

Desde que la curva me permitió verlo, volví a la edad que él contabiliza y que hace tiempo perdió. Quiero creer que imagina ser un vaquero, aunque soy consciente que es esta una proyección mía en su persona. Erguido, concentrado, levanta el brazo para girar con disimulada incomodidad la cuerda, que termina firme con un ¡PLIS! en el lomo del caballo de fuerza que lo moviliza. Una maniobra rítmica que le sería sencilla, de no verse forzado a girar el látigo más arriba de su comodidad, para evitar golpear por detrás, la cabeza de la gorda sentada a su lado, que sospecho es la loba que lo amamantó  cuando amaneció en el mundo.

Un par de latigazos sin la firmeza de los anteriores, o con términos físicos: en caída libre; acariciaron al equino que disminuyó la marcha para respetar el semáforo en rojo, y de paso, mirarme fijamente, confabularse conmigo, y en segundos de fábula, persuadirme a escribir estas líneas.

Asegurada la complicidad, no desaprovechó el momento de relajación para soltar en el asfalto, aleatorios, cinco cargados montones de bosta del color de la policía, que mezclados con la brisa húmeda y los olfatos de quienes estábamos en la parada, crearon, en la Avenida del Cacique, un perfecto micro clima de establo.

El kavajú resultó ser un poeta maldito, underground, un artista bestial, jamás reconocido, que sólo me dejó admirado, ante la contextualización de su mierda; brillante instalación urbana, lindando sabiamente con la burrerita, la municipalidad, y la iglesia.

No pasó un minuto y cinco moscas ya colonizaron la obra del artista. Cinco hermosas moscas que me hipnotizaban con colores que la luz cambiaba, en tonos brillantes tan negros, que parecían azules, violetas y turquesas. No pasó otro minuto para que la luz verde lleve al carrito rojo proselitista, que sugería Votar a la Lista 1, y junto con la retirada, una sorpresiva lluvia, diluyó la actual diarrea en el asfalto.

Llegó el micro, voy apurado sobre la hora, como el mita’i sobre el carrito, al último examen de mi carrera. Voy pensando sobre la casi gratuidad de la misma, que por pertenecer a la Universidad Nacional, fue pagada, dudo mucho que por voluntad propia, por ese inteligente niño, empujado al carrito mucho más rentable que las horas pasadas por pocos amigos suyos bajo un mango categoría “aula”. Y fue pagada por todos: su madre, el caballo, las moscas, usted lector, y el señor chofer, que no me permite escribir esta crónica con buena letra, por lo apurado que va; no sé si debido al rock cristiano que a todo volumen lo llama al cielo, o porque alguien, que juro no ser yo, también lo está latigueando.

Rindo excelente, en el patio de la Facultad hay Asamblea del Centro de Estudiantes. Por rumores en la suba de matrícula, discuten si ir o no a paro estudiantil, y cerrar la Avenida del Mariscal. Pedirán más Estado, arancel cero, universidad para el pueblo, más ruinas categoría “escuela”, más niños en carritos que financien a su elite, y esta noche: ¡Más birra por favor, que hay mucho por celebrar!

 

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