Habladurías de la Venus

marzo 16, 2011

El Nacimiento de la Venus (Boticelli)

Cuando por fin me creía liberada, me tocó renacer y de la peor manera.

En un principio fui sólo palabras que la gente iba y repetía en la plaza. Me inventaron ciudadanos simpáticos que sabían sentir y pensar al mismo tiempo. Supongo que no fueron los primeros en hacerlo, pero lo hacían tan bien, que me crearon para dedicarse a ello.

Trataron de encerrarme en poemas, pero ser literatura implica siempre ese germen de libertad que hoy tanto extraño y anhelo. Una vez se es leído, quizás ninguna, luego uno viaja vivo de boca en boca, en lo que llaman habladurías. Se escuchan cosas: que nací de un testículo olímpico, que fui fruto de la eyaculación de una paja divina, que servía de inspiración e inclusive de angustia. Decían que decían tantas cosas, que terminé por convertirme en todas y al mismo tiempo.

Viví un par de milenios así, debo admitirlo, siempre temí esta prisión, que ya sabía era el peor destino en el que podía acabar. Llegó el tiempo del renacer, tanto volvieron a nombrarme que me convertí en una de las modas. Jamás voy a olvidar aquella época y mucho menos la siesta en aquella paleta colorida, de la que el pincel maldito me despertó para traspasarme a la perpetuidad de este lienzo, que por primera vez me dio forma, a mí, que tanto amaba la informalidad.

Hoy llevo una resignación placentera, acostumbrada a esta idea del infinito que ayuda. Me veo reproducida incontables veces por tecnología muy superior a la de aquel estúpido pincel, pero ya poco me importa. Me consuela ver que son cada vez menos los que me aprecian, ver lo aburridos que son, muertos, observándome, quitándose y poniéndose sus lentes repetidamente para tratar de descubrir mi verdad. De pura esperanza, me encantaría verlos en vías de extinción.

Lastimosamente no veo a los que no me aprecian, los que si me entienden, que seguro andan por ahí sin pensarme tanto. Los imagino bailando, gritando, sobre una bicicleta, con un porro en la boca, sonriendo, escribiendo prosas, retornándome a las palabras. Viviendo sin pensar en ello. Amor, que es vida, que es belleza, que es lo que soy.

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Paseo por las Ruinas

marzo 13, 2011

Ilustración de Laura Ferrés

Desde que la curva me permitió verlo, volví a la edad que él contabiliza y que hace tiempo perdió. Quiero creer que imagina ser un vaquero, aunque soy consciente que es esta una proyección mía en su persona. Erguido, concentrado, levanta el brazo para girar con disimulada incomodidad la cuerda, que termina firme con un ¡PLIS! en el lomo del caballo de fuerza que lo moviliza. Una maniobra rítmica que le sería sencilla, de no verse forzado a girar el látigo más arriba de su comodidad, para evitar golpear por detrás, la cabeza de la gorda sentada a su lado, que sospecho es la loba que lo amamantó  cuando amaneció en el mundo.

Un par de latigazos sin la firmeza de los anteriores, o con términos físicos: en caída libre; acariciaron al equino que disminuyó la marcha para respetar el semáforo en rojo, y de paso, mirarme fijamente, confabularse conmigo, y en segundos de fábula, persuadirme a escribir estas líneas.

Asegurada la complicidad, no desaprovechó el momento de relajación para soltar en el asfalto, aleatorios, cinco cargados montones de bosta del color de la policía, que mezclados con la brisa húmeda y los olfatos de quienes estábamos en la parada, crearon, en la Avenida del Cacique, un perfecto micro clima de establo.

El kavajú resultó ser un poeta maldito, underground, un artista bestial, jamás reconocido, que sólo me dejó admirado, ante la contextualización de su mierda; brillante instalación urbana, lindando sabiamente con la burrerita, la municipalidad, y la iglesia.

No pasó un minuto y cinco moscas ya colonizaron la obra del artista. Cinco hermosas moscas que me hipnotizaban con colores que la luz cambiaba, en tonos brillantes tan negros, que parecían azules, violetas y turquesas. No pasó otro minuto para que la luz verde lleve al carrito rojo proselitista, que sugería Votar a la Lista 1, y junto con la retirada, una sorpresiva lluvia, diluyó la actual diarrea en el asfalto.

Llegó el micro, voy apurado sobre la hora, como el mita’i sobre el carrito, al último examen de mi carrera. Voy pensando sobre la casi gratuidad de la misma, que por pertenecer a la Universidad Nacional, fue pagada, dudo mucho que por voluntad propia, por ese inteligente niño, empujado al carrito mucho más rentable que las horas pasadas por pocos amigos suyos bajo un mango categoría “aula”. Y fue pagada por todos: su madre, el caballo, las moscas, usted lector, y el señor chofer, que no me permite escribir esta crónica con buena letra, por lo apurado que va; no sé si debido al rock cristiano que a todo volumen lo llama al cielo, o porque alguien, que juro no ser yo, también lo está latigueando.

Rindo excelente, en el patio de la Facultad hay Asamblea del Centro de Estudiantes. Por rumores en la suba de matrícula, discuten si ir o no a paro estudiantil, y cerrar la Avenida del Mariscal. Pedirán más Estado, arancel cero, universidad para el pueblo, más ruinas categoría “escuela”, más niños en carritos que financien a su elite, y esta noche: ¡Más birra por favor, que hay mucho por celebrar!