Ezequiel

enero 28, 2011

Ezequiel tendrá diez, diariamente puteado por su mamá, sólo lo conozco a través de los sonidos de mi ventana. Nunca quisiera ver su rostro.

Mis oídos imaginan y niegan mi voluntad. Tantos gritos retratan rostros posibles: sucesivas pinturas cubistas pasan por mi mente.

Igual agradezco a mi oficina por haber ubicado esa ventana allá tan arriba donde ni al saltar me permite ver otra cosa que no sean cielo y pájaros.

Seguro dio mucho gusto hacerlo, seguro el placer terminó tan rápido como ese polvo salvaje que rompió el látex.

Este preservativo roto, este accidente geográfico llamado Paraguay,  puso una pelota en sus pies y sólo oírla picar me duele. Se avecina alguna plantera rota, el portón de chapa golpeado, el grito de gol y las consecuencias de estos subversivos actos a la siesta.

Jamás una queja suya. Agachará la cabeza, simulará arrepentimiento. Lo conozco, todos somos una máquina del tiempo.

Hay veces que parece haber aprendido. Cauto, sólo y en voz baja, grita: ¡Gooooool! Y de vuelta me trae buenos recuerdos.

Que conozca a Cristo ahora, que sus padres y sus carajeadas sean su cruz, que confunda el dolor con el amor, que la religión le sirva como método anticonceptivo con una primera chica. Después, que descubra las otras drogas y entienda.

Que conozca el rock o el jazz o los Beatles, que salga punk, que salga métal, pero que nunca más me decepcione cantando el Waka-waka de Shakira, nunca algo me volvió tan improductivo.

Ezequiel o “Jeremy”, apodado en tributo a Pearl Jam. Una diaria y morbosa distracción que consuela tantos malos días de proto-arquitecto trabajador, estudioso, cervecero y con ganas de inmortalizar lo cotidiano.

Que nunca sepa que lo conozco más que él mismo, que nunca escuche mis pensamientos, que una bomba molotov no rompa ese vidrio que nos divide, que no nos mate a todos aquí adentro o que no se mate él ahí al lado.

Lago

enero 16, 2011

“Hay poesía en todo, en la tierra y en el mar, en los lagos y en las márgenes de los ríos. La hay también en la ciudad…
Es que la poesía es asombro, es admiración”
Fernando Pessoa

Fue fundamental haber sido iluminado minutos antes para entender la campaña de desprestigio de la que son víctimas los coliformes fecales, amables bacterias neutras con las que entablé inmediata amistad luego de las debidas disculpas.

Con el Ypacaraí hasta las rodillas, vuelvo a comulgar después de mucho. Obedece el oído y va de vacaciones a escuchar ese reggaetón que tanto insiste. Me hundo en la arena, casi pierdo el equilibrio, me dejo hundir y llego al firme. La suave brisa en pequeñísimo oleaje viene, hasta ese momento. Melodía y ritmo me rozan, en el vuelo de unos enamorados amigos murciélagos. Me cuentan del día que observándolo, ofrendaron al sol sus ojos, para alcanzar este anhelado mundo liberado de apariencias, que es su ceguera voluntaria, que es la noche. Las luces de la otra orilla pasan a mi lado a su velocidad, titilando, riendo, después de ese divertido espacio de pequeñísimas curvas que las trajo. Las acompaño, subo y bajo, hasta que deja de haber arriba y abajo, y me curvo; por planetas, soles y galaxias.

Me abandono a la nada del todo. Quiero nadar pero ya estoy empapado. Mis pies entienden a la arena: dependerá de ellos para movilizarse; dependerá del viento, de alguna escoba, para salir de la culata jovai; dependerá de lluvias, de erosión, y llegará de vuelta al lago. Un paciente destino que por naturaleza la convierte en compañera fiel del tiempo.

Salgo. Fue suficiente pero estoy más vivo y menos cansado. Vuelvo a escuchar la música y qué me importa. Qué me importan esos cuerpos en la playa. Para sentirse, se tocan. Para refrescarse, se mojan. Para emborracharse, toman. Ojalá aprendan de mis amigos los mbopí que también los rodean. Miro atrás a ver si alguno los escucha. Hasta ahora, sólo provocan miedo.

Apócrifo

enero 5, 2011

Las carcajadas prolongadas que les dejaron sin aliento se apagaban intermitentes y ya permitían respirar, a ese par de cuerpos desnudos que acababan de descubrir la risa. No podían desviar su mirada del rostro del otro. Así como nunca la sintieron ni la escucharon, jamás vieron la risa, y sus sentidos estaban seguros de no haberse enfrentado a algo tan hermoso jamás.

De su especie no conocían a otros, y de todas las otras especies del bosque donde vivían, sólo pudieron trabar amistad con una, a la que llamaron “jaguá”. Estúpidos, el resto de los animales ni merecían nombres, mientras insistan con ese comportamiento de comerse unos a otros.

Nunca sospecharon haber sido creados por nadie, hasta el día que su creador se puso en contacto con ellos después de un banquete de yuyos nuevos con bello aroma que decidieron probar. El principio de una excelente amistad demasiado agradable para ser real.

Jaguá ladraba pero sólo oían viento. Lamía pero era inútil. Hasta que llegó ese día que despertaron sin motivo y a carcajadas. Al reír y verse desnudos, se desearon como antes no lo habían hecho y entendieron lo que ya habían visto hacer a otros animales. Tuvieron largo sexo y vieron que esto era bueno.

Y atardeció y amaneció. Vieron el día, el cielo, la tierra, el arroyito, los árboles, el sol, un pitogüé, y se dieron cuenta del tiempo perdido. Los siguientes siete días sólo se dedicaron a cultivar manzanos, huertos inmensos de manzanos, obsesión que jaguá sólo acompañaba sin entender.

Sin entender tampoco, como una de las historias que contaban a sus hijos antes de dormir: hablaban de un dios, una serpiente, un paraíso, la vergüenza, el pecado, y tantas cuestiones que el confundido jaguá, siempre al lado de ellos, jamás vio, con excepción de la manzana.