Los Elegidos

diciembre 15, 2010

“Prohibido la venta y el consumo de bebidas alcohólicas a menores de 20 años de edad”. No superaban los dieciocho años los pendejos que detrás de esa barra, cobraban y entregaban alcohol a toda la discoteca principalmente habitada por contempos suyos. El cartel, oscuro y con letras blancas que brillaban bajo el efecto de la luz negra, colgado exactamente sobre la cabeza de estos chicos. Para esta generación no funciona esta cartelería aburrida y repetida. Son cómo esas expresiones que ellos mismos repiten tantas veces que ya pierden su significado. “Hijo de puta”, le dijo ese gordito a su hermano al lado de su mamá cuando esta les dejaba acá; se cagaron de risa nomás. “Ni en pedo estoy en pedo”, le decía, tambaleándose, ese borrachín a su amigo que se reía con él. “Amigo”, tal vez esta palabra también ya la repitieron mucho; insignificante como las anteriores.

Yo trabajo para una empresa de seguridad. No me confundan, no soy ninguno de esos guardias que la casa contrata para reservarse el derecho de admisión donde todos gozamos de los mismos derechos, éstos sin dudas tienen un físico privilegiado que los ubicó ahí, con respecto a este último aspecto, diría que soy más corpulento aún. Suelo charlar con ellos, son buena gente cuando uno los conoce. Eso sí, suelen contagiarse por el mal aire, esa enfermedad infecciosa que exponen la mayoría de los que vienen aquí. Así, suelen divertirse con esa pizca de poder que se les dio y, al azar, a algunos mulatos, los dejan afuera.

Soy guardaespaldas. Siempre trabajé mucho, nunca se recibieron quejas de lo que hice. Muchos años estuve por las construcciones y llegué a ser oficial de obra; gente más trabajadora que los albañiles no conozco. Con la crisis paró la construcción en el país y tuve que buscar otras salidas, con el pan de los hijos no se juega. Otro producto de la crisis, fueron las empresas de seguridad, encargadas por supuesto, de mantener siempre esa distancia entre los muchos que tienen poco y los pocos que tienen mucho. Mi contratación fue milagrosa. El jefe, un militar retirado, miró mi carpeta. Se sinceró conmigo y me mostró una pila de carpetas de todos los colores en la esquina de su escritorio donde también tiró la mía. Recibió una llamada; al chofer lo asaltaron y murió. Por hacer más gorda mi carpeta, también había puesto una fotocopia de mi registro de conducir que ni siquiera me pedían. Ahí nomás, el patrón me tiró un par de llaves y me preguntó si no tenía problemas de empezar a trabajar en ese instante. ¡Ndaipóri problema!, fue mi respuesta. Los Reyes Magos vinieron ese seis de enero y la felicidad de mis hijos fue la mía. De hacer patrulla pasé a ser guardia en una casa, y de ahí me reubicaron a este trabajo; la última moda que trajeron los porteños.

A pesar de no ser una fiesta de disfraces muchos los traen e inclusive parecen competir en ello. La mayoría vienen disfrazados de personas pero es muy raro que salgan con los mismos atavíos. Otros, más sinceros, sencillamente no traen máscaras. Ahí mismo llega uno de estos ejemplares: una botellita color caramelo en la mano derecha, la llave del auto la guarda en el bolsillo, trata de intimidar parece, ¿o a lo mejor es un rito sexual?, la camisa desprendidas que permiten ver la foresta que trae adentro, unos lentes oscuros y un gorro; es que en estos días parece que hasta la luna emite rayos ultra violeta. No se de qué sonríe y tampoco entiendo porqué parece que cruza un arroyo saltando de una piedra a otra, equilibrándose a cada paso. Pero me gusta su actitud honesta, está poseído y es un animal, cada quien es cada cual. De los hombres aprendo lo que no quiero ser.

Cuentan que las reinas en Egipto no tenían problemas de desnudarse enfrente a sus sirvientes ya que los consideraban una raza inferior a ellas, algo así como la consideración que tenemos actualmente por los animales. Muchas Cleopatras asisten también esta madrugada, es más, tuve el honor de traer a una de ellas que está a mi cuidado, tiene un admirable corazón, sólo que a veces se pierde en este laberinto donde insiste refugiarse. Es penoso verlas al salir, muchas veces en estados deplorables, acompañadas por cualquier prototipo de esos que se creen algo por mostrar el nombre y apellido que están estampados en su ropa interior.

Siento lástima al ver juventud; caída como teta de gitana. No los culpo, el árbol se conoce por sus frutos. Es difícil después de estos fusilamientos de neuronas que el cerebro aún tenga capacidad de razonar. Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible. Cuerpos y almas que poco a poco se reducen a su necesidad más básica: alimentarse.

La mierda, cuanto más se revuelve peor huele. Efectivamente, a estas alturas ya muchos esparcieron por el suelo sus últimos pucheros que no esperaron a ser digeridos. Se ven ciegos bambolearse, que guían a otros ciegos que chocan y se tropiezan contra muchos más. Riña de gallos. Cerdos en sus chiqueros que para ellos es su reino. Llantos disfrazados de risas tan exageradas que otra vez se vuelven a confundir con llantos. Perros y más perros que vienen a cagar a casa de otra gente.

Lo siento mucho porque conozco el final del cuento. Los propietarios del planeta van a continuar con este cultivo de vegetales, su futura raza de esclavos. Nos están meando y dicen que llueve. Dudo que mis hijos logren pertenecer a esta clase privilegiada, o mejor dicho, temo. Prefiero para ellos el trabajo duro y libre antes que el de los aires acondicionados y la coca cola. Ojala Paraguay cargues todavía con tus dos maderos más pesados cada día, tu misma gente me enseñó que así como hay quienes llevan su cruz, hay crucificados.

Cuento escrito en el 2005 aprox. en mi época de dogmático al cuadrado (comunista y católico) pero entra igual

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