Acosta Ñú II

agosto 14, 2009

Fotografía de Tamara Napout

Fotografía de Tamara Napout

Qué pena que esta batalla se libre recién ahora. El Mariscal de fondo, montado en su caballo, con la espada en alto. Y en primer plano un niño casi remedándole, montado en un cañón-adorno-de-plaza y enfrentándolo con un escudo-pandorga-de-paraguay.

Qué pena que estas lecciones lleguen tan tarde para el Mariscal. Sobre un pedestal, él y su caballo y su espada convertidos en estatua, no pueden ver al imbatible niño que les enseña cómo de la patria también se puede hacer una pandorga.

Qué pena que los 3500 niños muertos en Acosta Ñú no hayan sido libres como éste. Libres y entonces capaces de decir NO cuando les disfrazaban de soldados para recibir a la muerte. Libres de recibirla con estas mismas pandorgas que gritan al cielo Fuerza Paraguay y dan color a una imagen pálida. ¿Qué reacción hubiese tenido el ejército brasileño esa mañana, si en lugar de ver barbas de carbón y fusiles de ramas, se encontraba con 3500 pandorgas en el cielo y una fiesta de niños en la tierra?

¡Se rendirían todos! Se rendirían los brasileros, se rendirían los argentinos, nos rendiríamos nosotros. Imagino a los soldados desarmarse y llorar, a los abrazos con sus enemigos. Imagino al Mariscal suicidándose y lo oigo pronunciar: “muero por mi patria”. Sin dejar espacio a la duda de si moría con o por su patria. Todos sabríamos que la patria estaba más y más alta a medida que los mita’i jugaban. Y cada 16 de agosto, sí tendríamos un motivo para celebrar el día del niño.

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