La verdad o la vida

abril 26, 2011

Edificio Ayfra

Ilustración de Laura Ferrés

Pariendo con dolor y ganándome el pan con el sudor de mi frente, logré al fin crear aquel paraíso perdido. Aquí me muevo, soy el que logró domesticar al mundo. Los libros de mi historia, mis autobiografías no autorizadas, enseñan a los pequeños a pararse sobre mis hombros gigantes. Mis cualidades fueron alguna vez confundidas con la divinidad, pero no me confundan con ese que alguna vez mezcló conceptos incompatibles y dijo ser “la verdad y la vida”, matando así a ambos, para privarlos de su rebaño. Soy la verdad, soy lo que es.

Construí maquetas de ensayo, tuve innombrables nombres, para qué negar el error en mi vida, si de todos modos ya está amaestrado. Hoy camino en este edén a mi medida, rompí el monopolio divino que pesaba sobre la perfección, les arrebaté esa costilla que alguna vez también esos cobardes me quitaron mientras dormía, y con ella modelé cada objeto que me rodea.

Con mi nueva desnudez, de camisa, pantalón, zapatos y corbata, camino mis suelos pulidos. Con mi nueva piel, saludo a mis pares nudistas y veo devuelta la gentileza. Blancas sonrisas, hacen parte del ceremonial rutinario y sublime del día a día.

¡Yo soy la luz! Eleática, incolora, uniforme, equitativa, fratricida de lo obscuro, antagonista de aquel extinto fuego robado del Olimpo. Empecé por congelar sombras, las convertí en penumbras, hasta que las esfumé totalmente y con ellas, a las imperfecciones.

Trabajo en un banco y soy desde oficinista hasta gerente, en un shopping dueño y guardia, en una farmacia cajero y químico, en un hospital enfermera y doctor, en una flota de guerra conscripto y almirante. Ahora mismo en el piso 3 del edificio Ayfra, juego a funcionario público, y camino a la cafetera por la dosis justa de energía.

Volviendo, tiré el vasito para alcanzar echar a ese perro que estaba por mear en la pata de mi escritorio. “¡Shu, shú!” le dije, que en idioma jaguá significa “¡Fuéra pué carajo!”. Busqué un repasador para limpiar el café derramado, pero por lo visto lo tomé de un solo trago, ya que no había líquido que limpiar en el suelo y estaba sólo el vaso arrugado.

Desde el cubículo de mi compañero, me olfatea el humo que sale de su parrilla tambor, cargada con brochettes chirriantes de carne y grasa. El patriótico asadito me saca una sonrisa y con ella recibo a la ñoño helada, que llega a mis manos. La albirroja jugaba en minutos, con la señal pirateada ya veíamos a Larissa Riquelme en la previa, sonaba AM para dramatizar las imágenes. Por fin llegó el delivery de chipa, la pared que tenía el cartel de “prohibido orinar” fue la más adecuada para improvisar el baño que permitía seguir disfrutando del espectáculo sin interrupciones fisiológicas.

Ganamos porque estábamos frente al Panteón. Sonaban bocinas, se respiraban cantos, el mínimo movimiento significaba chocar hombros con miles más. En el fondo estaba convencido que aquel gordo parado en el banco de la plaza, golpeando su bombo, era el responsable de sostenernos a todos los presentes. El suelo ya no tenía nada que ver, estábamos parados en su ritmo, en el bajo que sostenía esta masa armónica y melódica. Ese gordo era nuestro creador, y nos hacía a imagen y semejanza de la música primitiva que emanaba.

Se hizo de noche y no había sido inventada la electricidad. Nunca me percaté de lo tenebrosa que puede llegar a ser la naturaleza. Los árboles, la luna, esta brisa y la luz de las antorchas, respiran como un jaguareté acechante en las sombras. Toda esta arquitectura post colonial del centro, ahora parece pensada para esta iluminación que da vida a sus piedras y molduras, que respiran y apuran los pasos del más temerario.

Definitivamente, estos ingredientes nocturnos habrán sido los que inspiraron en sus oficios a personajes como Poe, Gaudí y Enrique Clari; este último, responsable del abandonado estudio fotográfico Fratta, que la calle y los tres pisos separan de mi escritorio, y en cuyo umbral me encuentro ahora, sin entender del todo cómo la neblina me trajo hasta aquí.

Bajo el candil del acceso, intercambiando caricias con la secretaria, me encuentro teniendo el mejor sexo que narices y manos jamás tuvieron. Lo que se ve es mucho menor de lo que se siente, pero de esta mezcla se tratan las series de improvisaciones que juego cuando vivo. ¡Yo soy la vida!

Terminamos y vemos al jefe reflejado en el ventanal de su oficina. Con palabras narcóticas cruzo la calle y voy persuadido a pedir un aumento para ella, aprovechando mi buena posición y sus buenas curvas. Sentado ya en el escritorio del jefe, entran el aroma, la bandeja con tacitas y ella, con sonrisa de satisfacción. Cuenta que la máquina de café ya está reparada y que se encargó personalmente de apurar a los técnicos para que el episodio de la mañana, del jefe nervioso arrugando el vasito vacío y pateando la pata de su escritorio, no se repita.

Después del primer sorbo, todo en su lugar: firme, útil y bello. Le pregunto a la secretaria que más quería, pero confusa me cuenta que hablábamos de un aumento. No habría problemas, le dije, siempre que siga trayendo cafecitos tan ricos como el de recién y siempre que todo habitante de  sala de espera del mundo, también reciba de los mismos. Y así es.

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Habladurías de la Venus

marzo 16, 2011

El Nacimiento de la Venus (Boticelli)

Cuando por fin me creía liberada, me tocó renacer y de la peor manera.

En un principio fui sólo palabras que la gente iba y repetía en la plaza. Me inventaron ciudadanos simpáticos que sabían sentir y pensar al mismo tiempo. Supongo que no fueron los primeros en hacerlo, pero lo hacían tan bien, que me crearon para dedicarse a ello.

Trataron de encerrarme en poemas, pero ser literatura implica siempre ese germen de libertad que hoy tanto extraño y anhelo. Una vez se es leído, quizás ninguna, luego uno viaja vivo de boca en boca, en lo que llaman habladurías. Se escuchan cosas: que nací de un testículo olímpico, que fui fruto de la eyaculación de una paja divina, que servía de inspiración e inclusive de angustia. Decían que decían tantas cosas, que terminé por convertirme en todas y al mismo tiempo.

Viví un par de milenios así, debo admitirlo, siempre temí esta prisión, que ya sabía era el peor destino en el que podía acabar. Llegó el tiempo del renacer, tanto volvieron a nombrarme que me convertí en una de las modas. Jamás voy a olvidar aquella época y mucho menos la siesta en aquella paleta colorida, de la que el pincel maldito me despertó para traspasarme a la perpetuidad de este lienzo, que por primera vez me dio forma, a mí, que tanto amaba la informalidad.

Hoy llevo una resignación placentera, acostumbrada a esta idea del infinito que ayuda. Me veo reproducida incontables veces por tecnología muy superior a la de aquel estúpido pincel, pero ya poco me importa. Me consuela ver que son cada vez menos los que me aprecian, ver lo aburridos que son, muertos, observándome, quitándose y poniéndose sus lentes repetidamente para tratar de descubrir mi verdad. De pura esperanza, me encantaría verlos en vías de extinción.

Lastimosamente no veo a los que no me aprecian, los que si me entienden, que seguro andan por ahí sin pensarme tanto. Los imagino bailando, gritando, sobre una bicicleta, con un porro en la boca, sonriendo, escribiendo prosas, retornándome a las palabras. Viviendo sin pensar en ello. Amor, que es vida, que es belleza, que es lo que soy.

Paseo por las Ruinas

marzo 13, 2011

Ilustración de Laura Ferrés

Desde que la curva me permitió verlo, volví a la edad que él contabiliza y que hace tiempo perdió. Quiero creer que imagina ser un vaquero, aunque soy consciente que es esta una proyección mía en su persona. Erguido, concentrado, levanta el brazo para girar con disimulada incomodidad la cuerda, que termina firme con un ¡PLIS! en el lomo del caballo de fuerza que lo moviliza. Una maniobra rítmica que le sería sencilla, de no verse forzado a girar el látigo más arriba de su comodidad, para evitar golpear por detrás, la cabeza de la gorda sentada a su lado, que sospecho es la loba que lo amamantó  cuando amaneció en el mundo.

Un par de latigazos sin la firmeza de los anteriores, o con términos físicos: en caída libre; acariciaron al equino que disminuyó la marcha para respetar el semáforo en rojo, y de paso, mirarme fijamente, confabularse conmigo, y en segundos de fábula, persuadirme a escribir estas líneas.

Asegurada la complicidad, no desaprovechó el momento de relajación para soltar en el asfalto, aleatorios, cinco cargados montones de bosta del color de la policía, que mezclados con la brisa húmeda y los olfatos de quienes estábamos en la parada, crearon, en la Avenida del Cacique, un perfecto micro clima de establo.

El kavajú resultó ser un poeta maldito, underground, un artista bestial, jamás reconocido, que sólo me dejó admirado, ante la contextualización de su mierda; brillante instalación urbana, lindando sabiamente con la burrerita, la municipalidad, y la iglesia.

No pasó un minuto y cinco moscas ya colonizaron la obra del artista. Cinco hermosas moscas que me hipnotizaban con colores que la luz cambiaba, en tonos brillantes tan negros, que parecían azules, violetas y turquesas. No pasó otro minuto para que la luz verde lleve al carrito rojo proselitista, que sugería Votar a la Lista 1, y junto con la retirada, una sorpresiva lluvia, diluyó la actual diarrea en el asfalto.

Llegó el micro, voy apurado sobre la hora, como el mita’i sobre el carrito, al último examen de mi carrera. Voy pensando sobre la casi gratuidad de la misma, que por pertenecer a la Universidad Nacional, fue pagada, dudo mucho que por voluntad propia, por ese inteligente niño, empujado al carrito mucho más rentable que las horas pasadas por pocos amigos suyos bajo un mango categoría “aula”. Y fue pagada por todos: su madre, el caballo, las moscas, usted lector, y el señor chofer, que no me permite escribir esta crónica con buena letra, por lo apurado que va; no sé si debido al rock cristiano que a todo volumen lo llama al cielo, o porque alguien, que juro no ser yo, también lo está latigueando.

Rindo excelente, en el patio de la Facultad hay Asamblea del Centro de Estudiantes. Por rumores en la suba de matrícula, discuten si ir o no a paro estudiantil, y cerrar la Avenida del Mariscal. Pedirán más Estado, arancel cero, universidad para el pueblo, más ruinas categoría “escuela”, más niños en carritos que financien a su elite, y esta noche: ¡Más birra por favor, que hay mucho por celebrar!

 

Ezequiel

enero 28, 2011

Ezequiel tendrá diez, diariamente puteado por su mamá, sólo lo conozco a través de los sonidos de mi ventana. Nunca quisiera ver su rostro.

Mis oídos imaginan y niegan mi voluntad. Tantos gritos retratan rostros posibles: sucesivas pinturas cubistas pasan por mi mente.

Igual agradezco a mi oficina por haber ubicado esa ventana allá tan arriba donde ni al saltar me permite ver otra cosa que no sean cielo y pájaros.

Seguro dio mucho gusto hacerlo, seguro el placer terminó tan rápido como ese polvo salvaje que rompió el látex.

Este preservativo roto, este accidente geográfico llamado Paraguay,  puso una pelota en sus pies y sólo oírla picar me duele. Se avecina alguna plantera rota, el portón de chapa golpeado, el grito de gol y las consecuencias de estos subversivos actos a la siesta.

Jamás una queja suya. Agachará la cabeza, simulará arrepentimiento. Lo conozco, todos somos una máquina del tiempo.

Hay veces que parece haber aprendido. Cauto, sólo y en voz baja, grita: ¡Gooooool! Y de vuelta me trae buenos recuerdos.

Que conozca a Cristo ahora, que sus padres y sus carajeadas sean su cruz, que confunda el dolor con el amor, que la religión le sirva como método anticonceptivo con una primera chica. Después, que descubra las otras drogas y entienda.

Que conozca el rock o el jazz o los Beatles, que salga punk, que salga métal, pero que nunca más me decepcione cantando el Waka-waka de Shakira, nunca algo me volvió tan improductivo.

Ezequiel o “Jeremy”, apodado en tributo a Pearl Jam. Una diaria y morbosa distracción que consuela tantos malos días de proto-arquitecto trabajador, estudioso, cervecero y con ganas de inmortalizar lo cotidiano.

Que nunca sepa que lo conozco más que él mismo, que nunca escuche mis pensamientos, que una bomba molotov no rompa ese vidrio que nos divide, que no nos mate a todos aquí adentro o que no se mate él ahí al lado.

Lago

enero 16, 2011

“Hay poesía en todo, en la tierra y en el mar, en los lagos y en las márgenes de los ríos. La hay también en la ciudad…
Es que la poesía es asombro, es admiración”
Fernando Pessoa

Fue fundamental haber sido iluminado minutos antes para entender la campaña de desprestigio de la que son víctimas los coliformes fecales, amables bacterias neutras con las que entablé inmediata amistad luego de las debidas disculpas.

Con el Ypacaraí hasta las rodillas, vuelvo a comulgar después de mucho. Obedece el oído y va de vacaciones a escuchar ese reggaetón que tanto insiste. Me hundo en la arena, casi pierdo el equilibrio, me dejo hundir y llego al firme. La suave brisa en pequeñísimo oleaje viene, hasta ese momento. Melodía y ritmo me rozan, en el vuelo de unos enamorados amigos murciélagos. Me cuentan del día que observándolo, ofrendaron al sol sus ojos, para alcanzar este anhelado mundo liberado de apariencias, que es su ceguera voluntaria, que es la noche. Las luces de la otra orilla pasan a mi lado a su velocidad, titilando, riendo, después de ese divertido espacio de pequeñísimas curvas que las trajo. Las acompaño, subo y bajo, hasta que deja de haber arriba y abajo, y me curvo; por planetas, soles y galaxias.

Me abandono a la nada del todo. Quiero nadar pero ya estoy empapado. Mis pies entienden a la arena: dependerá de ellos para movilizarse; dependerá del viento, de alguna escoba, para salir de la culata jovai; dependerá de lluvias, de erosión, y llegará de vuelta al lago. Un paciente destino que por naturaleza la convierte en compañera fiel del tiempo.

Salgo. Fue suficiente pero estoy más vivo y menos cansado. Vuelvo a escuchar la música y qué me importa. Qué me importan esos cuerpos en la playa. Para sentirse, se tocan. Para refrescarse, se mojan. Para emborracharse, toman. Ojalá aprendan de mis amigos los mbopí que también los rodean. Miro atrás a ver si alguno los escucha. Hasta ahora, sólo provocan miedo.

Apócrifo

enero 5, 2011

Las carcajadas prolongadas que les dejaron sin aliento se apagaban intermitentes y ya permitían respirar, a ese par de cuerpos desnudos que acababan de descubrir la risa. No podían desviar su mirada del rostro del otro. Así como nunca la sintieron ni la escucharon, jamás vieron la risa, y sus sentidos estaban seguros de no haberse enfrentado a algo tan hermoso jamás.

De su especie no conocían a otros, y de todas las otras especies del bosque donde vivían, sólo pudieron trabar amistad con una, a la que llamaron “jaguá”. Estúpidos, el resto de los animales ni merecían nombres, mientras insistan con ese comportamiento de comerse unos a otros.

Nunca sospecharon haber sido creados por nadie, hasta el día que su creador se puso en contacto con ellos después de un banquete de yuyos nuevos con bello aroma que decidieron probar. El principio de una excelente amistad demasiado agradable para ser real.

Jaguá ladraba pero sólo oían viento. Lamía pero era inútil. Hasta que llegó ese día que despertaron sin motivo y a carcajadas. Al reír y verse desnudos, se desearon como antes no lo habían hecho y entendieron lo que ya habían visto hacer a otros animales. Tuvieron largo sexo y vieron que esto era bueno.

Y atardeció y amaneció. Vieron el día, el cielo, la tierra, el arroyito, los árboles, el sol, un pitogüé, y se dieron cuenta del tiempo perdido. Los siguientes siete días sólo se dedicaron a cultivar manzanos, huertos inmensos de manzanos, obsesión que jaguá sólo acompañaba sin entender.

Sin entender tampoco, como una de las historias que contaban a sus hijos antes de dormir: hablaban de un dios, una serpiente, un paraíso, la vergüenza, el pecado, y tantas cuestiones que el confundido jaguá, siempre al lado de ellos, jamás vio, con excepción de la manzana.

Los Elegidos

diciembre 15, 2010

“Prohibido la venta y el consumo de bebidas alcohólicas a menores de 20 años de edad”. No superaban los dieciocho años los pendejos que detrás de esa barra, cobraban y entregaban alcohol a toda la discoteca principalmente habitada por contempos suyos. El cartel, oscuro y con letras blancas que brillaban bajo el efecto de la luz negra, colgado exactamente sobre la cabeza de estos chicos. Para esta generación no funciona esta cartelería aburrida y repetida. Son cómo esas expresiones que ellos mismos repiten tantas veces que ya pierden su significado. “Hijo de puta”, le dijo ese gordito a su hermano al lado de su mamá cuando esta les dejaba acá; se cagaron de risa nomás. “Ni en pedo estoy en pedo”, le decía, tambaleándose, ese borrachín a su amigo que se reía con él. “Amigo”, tal vez esta palabra también ya la repitieron mucho; insignificante como las anteriores.

Yo trabajo para una empresa de seguridad. No me confundan, no soy ninguno de esos guardias que la casa contrata para reservarse el derecho de admisión donde todos gozamos de los mismos derechos, éstos sin dudas tienen un físico privilegiado que los ubicó ahí, con respecto a este último aspecto, diría que soy más corpulento aún. Suelo charlar con ellos, son buena gente cuando uno los conoce. Eso sí, suelen contagiarse por el mal aire, esa enfermedad infecciosa que exponen la mayoría de los que vienen aquí. Así, suelen divertirse con esa pizca de poder que se les dio y, al azar, a algunos mulatos, los dejan afuera.

Soy guardaespaldas. Siempre trabajé mucho, nunca se recibieron quejas de lo que hice. Muchos años estuve por las construcciones y llegué a ser oficial de obra; gente más trabajadora que los albañiles no conozco. Con la crisis paró la construcción en el país y tuve que buscar otras salidas, con el pan de los hijos no se juega. Otro producto de la crisis, fueron las empresas de seguridad, encargadas por supuesto, de mantener siempre esa distancia entre los muchos que tienen poco y los pocos que tienen mucho. Mi contratación fue milagrosa. El jefe, un militar retirado, miró mi carpeta. Se sinceró conmigo y me mostró una pila de carpetas de todos los colores en la esquina de su escritorio donde también tiró la mía. Recibió una llamada; al chofer lo asaltaron y murió. Por hacer más gorda mi carpeta, también había puesto una fotocopia de mi registro de conducir que ni siquiera me pedían. Ahí nomás, el patrón me tiró un par de llaves y me preguntó si no tenía problemas de empezar a trabajar en ese instante. ¡Ndaipóri problema!, fue mi respuesta. Los Reyes Magos vinieron ese seis de enero y la felicidad de mis hijos fue la mía. De hacer patrulla pasé a ser guardia en una casa, y de ahí me reubicaron a este trabajo; la última moda que trajeron los porteños.

A pesar de no ser una fiesta de disfraces muchos los traen e inclusive parecen competir en ello. La mayoría vienen disfrazados de personas pero es muy raro que salgan con los mismos atavíos. Otros, más sinceros, sencillamente no traen máscaras. Ahí mismo llega uno de estos ejemplares: una botellita color caramelo en la mano derecha, la llave del auto la guarda en el bolsillo, trata de intimidar parece, ¿o a lo mejor es un rito sexual?, la camisa desprendidas que permiten ver la foresta que trae adentro, unos lentes oscuros y un gorro; es que en estos días parece que hasta la luna emite rayos ultra violeta. No se de qué sonríe y tampoco entiendo porqué parece que cruza un arroyo saltando de una piedra a otra, equilibrándose a cada paso. Pero me gusta su actitud honesta, está poseído y es un animal, cada quien es cada cual. De los hombres aprendo lo que no quiero ser.

Cuentan que las reinas en Egipto no tenían problemas de desnudarse enfrente a sus sirvientes ya que los consideraban una raza inferior a ellas, algo así como la consideración que tenemos actualmente por los animales. Muchas Cleopatras asisten también esta madrugada, es más, tuve el honor de traer a una de ellas que está a mi cuidado, tiene un admirable corazón, sólo que a veces se pierde en este laberinto donde insiste refugiarse. Es penoso verlas al salir, muchas veces en estados deplorables, acompañadas por cualquier prototipo de esos que se creen algo por mostrar el nombre y apellido que están estampados en su ropa interior.

Siento lástima al ver juventud; caída como teta de gitana. No los culpo, el árbol se conoce por sus frutos. Es difícil después de estos fusilamientos de neuronas que el cerebro aún tenga capacidad de razonar. Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible. Cuerpos y almas que poco a poco se reducen a su necesidad más básica: alimentarse.

La mierda, cuanto más se revuelve peor huele. Efectivamente, a estas alturas ya muchos esparcieron por el suelo sus últimos pucheros que no esperaron a ser digeridos. Se ven ciegos bambolearse, que guían a otros ciegos que chocan y se tropiezan contra muchos más. Riña de gallos. Cerdos en sus chiqueros que para ellos es su reino. Llantos disfrazados de risas tan exageradas que otra vez se vuelven a confundir con llantos. Perros y más perros que vienen a cagar a casa de otra gente.

Lo siento mucho porque conozco el final del cuento. Los propietarios del planeta van a continuar con este cultivo de vegetales, su futura raza de esclavos. Nos están meando y dicen que llueve. Dudo que mis hijos logren pertenecer a esta clase privilegiada, o mejor dicho, temo. Prefiero para ellos el trabajo duro y libre antes que el de los aires acondicionados y la coca cola. Ojala Paraguay cargues todavía con tus dos maderos más pesados cada día, tu misma gente me enseñó que así como hay quienes llevan su cruz, hay crucificados.

Cuento escrito en el 2005 aprox. en mi época de dogmático al cuadrado (comunista y católico) pero entra igual

Sólo cuando estoy drogado logro entender al paraguayo cuando se pone verde el semáforo;
sólo drogado entiendo a Asunción y a su tráfico.

Sólo cuando estoy drogado logro entender la necesidad de velocidad,
el placer por los autos,
y al de al lado en un micro, como yo, enlatado.

Sólo cuando estoy drogado logro entender al cura, a su sermón.
El padre nuestro, el himno nacional, la bandera, el león;
a un jaguá cualquiera tirado al sol.

Sólo cuando estoy drogado logro entender a Dios,
entiendo al que dice: “que buena estuvo la misa”,
y entiendo a los creyentes y sus sonrisas

Sólo drogado entiendo al que viste y se ve genial,
sólo y drogado, entiendo a este animal social.

Sólo cuando estoy drogado logro entender al que dice “ahora no”,
sólo drogado logro entender a los que viven de buen humor.

Entiendo a mi familia.
A las leyes, a sus obedientes.
A los intolerantes.

Sólo cuando estoy drogado logro entender a los poetas,
sólo cuando estoy poeta logro entender a los drogados,
y a los fingidores,
y a las mujeres… mentira, eso no.

Sólo drogado logro entender a los pronosticadores del tiempo,
sólo drogado entiendo el futuro y no me aburro.

Sólo cuando estoy drogado logro entender al humo,
a mis ojos rojos, a mis lágrimas,
y a esta vida, drogadicta.

Drogado y sólo es como entiendo a dos enamorados.
Drogado, sólo, entiendo la felicidad de quienes entienden todo lo dicho.

Pero prefiero igual estar drogado, naturalmente,
como yo y como ahora.
Y ser feliz, simplemente,
como yo y como ahora.

Escala 1:1

junio 2, 2010

Visita a una obra del Arq. Javier Corvalán

Escala 1:1

Vista desde la calle (Fotografía de Salvatore Vicidomini)

Siempre quise conocer una maqueta a escala 1:1 y hoy tengo un buen motivo para sentarme y escribir algo así como una crónica

No soy poeta, pero si algo me gusta, me emociona y me posee. Por definición me convierte en un poseído, y poseído como estoy desde ayer, hoy quiero racionalizar a ese espíritu, no para matarlo, sino sólo para disfrutarlo desde el punto de vista literario y ya no desde el punto de vista del divague.

Javier habrá pensado y eso hizo, y a medida que hizo y vio que estaba bien, siguió en su hacer.

Si para construir un proyecto de arquitectura se hacen planos, maquetas, cálculos, hasta saber que se sabe hacer lo que se quiere hacer, entonces es exactamente eso lo que no ocurrió.

Dos prismas espejados, empotrados en el suelo, inclinados 45° respecto a éste, conforman el volumen y sirven en sus vértices más elevados de apoyo a la hamaca de chapa catenaria que es cobertura de la vivienda. El prisma orientado al sur y a la calle resuelve la vivienda mínima de 50 m2. Al norte el otro volumen, es entero espacio intermedio.

Una batalla entre técnica y gravedad amontona ladrillos rotos en el suelo que se reutilizan en camineros. Y es que los ladrillos, tercos, no quisieron hacer caso a la viga inclinada donde apoyan, y aunque se hayan rajado o caído siete veces, hoy con soberbia se muestran firmes sobre uno.

Constelaciones de piedras sirven de lastre y cielorraso de la hamaca enchapada que no quiere volar. Una a una, distintas rocas cuelgan de la misma red de alambres a la que se sujetan las chapas. El material más rudimentario demuestra que también puede hacer poesía.

Cuando alguien o algo congela el espacio-tiempo para trascenderlo, a falta de palabras, sólo queda sonreír. Sonrío frente a Come Together de los Beatles y al imaginarlos componer consientes de su genialidad, riendo mucho más que yo. Sonrío al ver el cielo inventar colores para atardecerse en Itá Pytá Punta. Y así sonrío frente a esta pequeñísima vivienda que para valorarla no necesito ser un extranjero.

Maduro esta experiencia y  pienso que es gente loca la que hace este mundo para cuerdos. ¿Imbéciles para hacer un mundo a quienes los desprecian? No, imbéciles bajo el juicio de los cuerdos, en realidad, y una vez más: locos.

Acosta Ñú II

agosto 14, 2009

Fotografía de Tamara Napout

Fotografía de Tamara Napout

Qué pena que esta batalla se libre recién ahora. El Mariscal de fondo, montado en su caballo, con la espada en alto. Y en primer plano un niño casi remedándole, montado en un cañón-adorno-de-plaza y enfrentándolo con un escudo-pandorga-de-paraguay.

Qué pena que estas lecciones lleguen tan tarde para el Mariscal. Sobre un pedestal, él y su caballo y su espada convertidos en estatua, no pueden ver al imbatible niño que les enseña cómo de la patria también se puede hacer una pandorga.

Qué pena que los 3500 niños muertos en Acosta Ñú no hayan sido libres como éste. Libres y entonces capaces de decir NO cuando les disfrazaban de soldados para recibir a la muerte. Libres de recibirla con estas mismas pandorgas que gritan al cielo Fuerza Paraguay y dan color a una imagen pálida. ¿Qué reacción hubiese tenido el ejército brasileño esa mañana, si en lugar de ver barbas de carbón y fusiles de ramas, se encontraba con 3500 pandorgas en el cielo y una fiesta de niños en la tierra?

¡Se rendirían todos! Se rendirían los brasileros, se rendirían los argentinos, nos rendiríamos nosotros. Imagino a los soldados desarmarse y llorar, a los abrazos con sus enemigos. Imagino al Mariscal suicidándose y lo oigo pronunciar: “muero por mi patria”. Sin dejar espacio a la duda de si moría con o por su patria. Todos sabríamos que la patria estaba más y más alta a medida que los mita’i jugaban. Y cada 16 de agosto, sí tendríamos un motivo para celebrar el día del niño.